30 velas y un libro por cada una

Para celebrar el inicio de una nueva década, desarmamos la biblioteca en busca de esos libros que, más que relatos, son momentos y recuerdos. Un repaso veloz por una vida de lecturas.

La iniciación

El Principito: Hay una leyenda manuscrita, en tinta azul, que data de 1992. Tenía, en ese entonces, 2 años, y mi madrina auguraba que algún día su lectura me traería felicidad. “Llegará el día que lo leerás y quizás rías o derrames alguna lagrimita al comprenderlo, y te haga sentir muy feliz, y tengas ganas de leerlo una y otra vez, cuando vos lo necesites, cuando estés un poquito triste, o muy alegre, no se…”

 

La Utopía | Goethe | Henry James: En el barrio había una librería llamada El Aleph, frente a la plaza, donde acudíamos a pedir textos escolares y diccionarios. Contrario a lo que suele encontrarse hoy en día, las primeras dos mesas desde la entrada no mostraban las novedades o los “best sellers”. Estaban llenas de ediciones ultra baratas de todos los clásicos, sin mediar entre ellos categoría alguna. En esas mesas liberaba mis manos y pasaba mis dedos por todo lo que creía que había que leer para ser un verdadero lector. El librero era un hombre mayor que no dejaba de sorprenderse cuando le llevaba a la caja cuatro o cinco ejemplares de esos monstruitos clásicos y siempre retrucaba señalando otro. Las desventuras del joven Werther tiene un pasaje con la descripción más hermosa y triste de un campo abierto que recuerdo. La Utopía está mamarrachada de notas sobre el pueblo ideal que fueron útiles en la universidad. Otra vuelta de tuerca es uno de mis pocos releídos, porque siempre vuelve a estremecerme de miedo. 

Tess | Jane | Ana: La época de los amores trágicos arrancó con Thomas Hardy, el mismo día que decidí no seguir insistiendo en estudiar medicina. Me bajé del colectivo a mitad de camino y pensé que, a partir de ese momento, podría leer lo que quisiera. Me metí en una librería y, gracias a la re edición por su relación con una película, encontré a Tess.  Su lectura empezó ahí mismo, parada entre los estantes, continuó en el parque que quedaba justo en frente y terminó, ya en casa, esa misma noche. Al día siguiente fui a pedir otras historias similares: romances fuertes, complicados, trágicos, con mujeres impensadas. Entonces llegaron Jane Eyre y Ana Karenina. Nombres propios como títulos de corazones apocalípticos. Por esa época empezó mi costumbre de pegar en la primera hoja las estampillas que venían de regalo en viandas de Aerolineas, indicando que ese libro había venido conmigo en algún viaje.

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Dante | Mitología | Bradbury:  A La Divina Comedia la empecé a leer después de ver  “Pecados Capitales” (Seven), una película sobre asesinos seriales y referencias a Dante y Milton. Confieso que nunca pasé del infierno, pero sostengo que es la mejor parte. Mucho después, en 2018, hubo un festival con lectura colectiva vía twitter que terminó con un evento en la antigua Biblioteca Nacional. Gracias a Dante pude entrar y recorrerla. Por los mitos me preocupé también por culpa de los círculos infernales, y eso derivó en la adquisición y posterior lectura del Breviario de Mitología Clásica (I, II y III), una trilogía que sigue siendo referencia de consulta constante. A Bradbury llegué en una Feria del Libro, en 2014. Recuerdo estar leyendo la contratapa de Fahrenheit 451 y que un chico, parado frente a mí, me dijera: “Hay un bombero que quema libros y una mujer que los intenta salvar. Si te gusta Orwell, te va a gustar.” El comentario me pareció demasiado simplificado y por eso me lo llevé. Hoy es uno de mis favoritos.

Los viajes

Voltaire: A Cándido lo leí durante unas vacaciones familiares en Tandil. Dan fe de esto, todas las flores y plumas que quedaron atrapadas entre sus hojas y el recuerdo de sus aventuras asociadas al paisaje serrano.

Las chicas: La historia del clan Manson, narrada por la más joven de sus integrantes, leída durante una escapada a la costa, en un viaje interminable con un calor insoportable.

El libro de los Baltimore: Un día de lluvia y desconsuelo pateando la calle Corrientes, encontré esta novela, que empece a leer por la última página: “¿Por qué escribo? Porque los libros son más fuertes que la vida. Son su mejor revancha.” Luego conocí al autor en una firma de libros, y lo vi tan real, tan humilde y corriente, que lo amé aún más.

Stoner: Hubo un tiempo en que tuve un segundo trabajo que detestaba. Entre el primero y el segundo me quedaba un bache de dos horas, que destinaba al almuerzo, pero terminaba usando para sentarme en un banco, frente al enorme edificio de oficinas al que pronto iba a tener que ingresar, en pose de protesta, leyendo la historia de un hombre que no sabía nada del amor, pero siempre supo quién quería ser en la vida. Ese acto, en sí mismo, era pura rebeldía.

A sangre fría: Avión de ida y avión de vuelta de mi primer viaje al lugar en donde hoy vivo. La recomendación de un profesor que nos habló del origen del género de no-ficción. Más allá del genio de Capote, ese libro quedó asociado por siempre al comienzo de una aventura personal, en busca del destino.

La educación

Talleres de escritura: el primer taller al que asistí estaba comandado por Diego Paszkowski, autor de varias grandes novelas, entre ellas Alrededor de Lorena, una historia de esas que molestan, para bien. De él aprendí el arte de la enumeración, a partir de esas vueltas a la manzana cuando nos mandaba a observarlo todo y volver para relatarlo. Luego vino la época de los talleres con el profesor Damiani, de los cuales me iba desesperada y desbordada. Me acuerdo de caminar cuadras de noche, desde la parada del colectivo hasta casa, leyendo de corrido a Cesar Aira o los cuentos de Abelardo Castillo. A un par de cuadras del centro de estudios estaba la librería Galerna, en donde tuve la suerte de encontrarme con las Obras Periodísticas de Rodolfo Walsh, porque ellos tenían la costumbre de poner en vidriera todos los libros que yo quería leer (estoy convencida de que me lo hacían adrede…). Ese compilado también viajó en un par de aviones.

Enseñanza no formal: Un día de esos en que hacía tiempo en Librería Hernández, mientras esperaba la hora de entrar al Cine Lorca, me puse a hojear el primer tomo de los Diarios de Ricardo Piglia. Yo aún no había incursionado mucho en autores argentinos pero estaba comenzando a estudiar literatura y el título me desafió: “Años de formación”. Esos eran los que yo sentía que comprendían a mi tiempo y lo tomé como lo que en realidad es: un manual de formación de lectores. Gracias a ese y los otros dos tomos recorrí las mejores lecturas del último tiempo: Arlt, Bolaño, Onetti, Borges, Saer, Puig y Walsh. El profesor Emilio Renzi me había enseñado a leer con hambre y con sed.

Bonus track: Durante los últimos años que viví en Buenos Aires me pase buena parte del tiempo yendo a leer a la Biblioteca Nacional. No iba a consultar material, iba a disfrutar de los sillones de pana roja, las lámparas verdes y los pupitres de madera oscura. Iba porque ahí me sentía parte de la historia. A la salida siempre buscaba ejemplares de la revista Cuadernos, paseaba por la muestra en curso y hacía una última parada en la librería de la bajada de Coronel Díaz, para llevarme ediciones propias de la Biblioteca que son tesoros.

Mucho más allá de todo este relato queda “La vida invisible” de Sylvia Iparraguirre, con el cual aprendí que se puede llevar una doble vida: la terrenal y la vida del lector, formada por el collage de todas las lecturas que, en definitiva, terminan construyendo el relato propio.

Publicado por Natalia Amendolaro

Buenos Aires, Argentina. 1990 Lectora voraz. Escritora de servilletas. Periodista cultural. Autora del blog Escriarte y del libro "Resultó que éramos libres" Colabora en la revista Liberoamerica, Sonámbula y el portal de noticias Realidad Sanmartinense. En la búsqueda permanente de nuevas formas de unir arte con palabras.

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