Alma puta: crónicas de encierro #2

Hace más de un mes que estamos en situación de cuarentena. Un mes y dos días exactamente. Y digo “situación de cuarentena” porque nadie sabe muy bien en que estamos o hacia donde vamos . Como un monstruo policéfalo mitológico, la pandemia nos enseña, cada día, un nuevo rostro.

Esta semana, además del conteo insistente de infectados/curados/fallecidos, las  comunicaciones revelaron un nuevo costado del aislamiento: el animal sexual no se banca el encierro. El animal sexual necesita actuar, pero no sabe hasta que punto le conviene. ¿Cómo se tiene sexo sin romper el aislamiento? La respuesta, según el infectólogo que consultó el gobierno, estaría en la desinfección.

Si lo vas a hacer en vivo, porque tenes la “dicha” de estar encerrado con tu pareja, entonces bañate primero en alcohol y acordate de no dar besos en la boca (como Julia Roberts en Mujer Bonita) porque ya sabemos que hay contagio en la saliva, aunque no sepamos nada más de todo lo otro que se intercambia en el amor. Por otro lado, para todos aquellos a los que la cuarentena agarró solos, el gobierno recomienda apelar al sexo virtual (videollamadas; sexting), recalcando aquí también la importancia de la limpieza y lavado de manos, antes y después.

En todo este discurso liberal y livianito se omite, deliberadamente, reflexionar sobre el uso inmoral e ilegal de las herramientas de comunicación virtual. Si hay un campo en donde no se puede tener ningún control sobre lo que se muestra, es el virtual. Todo se filtra, todo se encuentra, todo queda flotando en alguna nube escondida en las profundidades de la Deep web, lista para ser usufructo de perversos. No importa, el alma puta (palabra inexorablemente patriarcal por no producir un opuesto viable, pero que de todas formas uso con referencia unisex) del animal sexual no puede esperar, necesita saciedad.

La actriz y escritora Camila Sosa Villada, en sus textos que forman parte de la colección de “Diarios” que publica el Centro Cultural Kirchner, hace referencia a este sentido primitivo primario de la carne y a otros tipos de encierro de los cuales han sido victima las travestis, extensivo a todas las minorías que en algún momento debieron esconderse. “A mi esta cuarentena me hace los mandados”, dice, riéndose de un encierro que no se compara con el que sufría de adolescente. Encierro físico, que pretendía ser castigo a una homosexualidad incomprendida; y encierro psicológico, escondiéndose de la sociedad que desaprobaba sus tacos altos y su maquillaje.

El animal sexual no se banca el encierro y necesita actuar, por eso más arriba puse dicha entre comillas, porque mientras nos hacemos problema por encontrar formas ascéticas de penetrar en cuerpos consentidos, hay mujeres encerradas con sus propios abusadores. Victimas que antes estaban totalmente desprotegidas por el estado ahora, además, están ocultas de la vista social, de la posibilidad de encontrar nimios espacios de fuga.

Escribe Martín Kohan, en otro de los Diarios, titulado “Variaciones sobre la sinfonía domestica”: “La casa así se vuelve jaula. Porque en la convención (en la convención burguesa), la casa siempre supone un refugio. Ahora mismo está funcionando así. Ahora bien, ¿qué es lo que pasa cuando, en vez de ser un refugio, es el propio lugar del peligro? Entonces es preciso crear refugios. Refugios adonde puedan ir, refugios a los que puedan salir, las víctimas de la violencia doméstica.”

La Organización Mundial de la Salud recomienda limitar el consumo de alcohol durante la cuarentena. Primero porque compromete al sistema inmunológico, segundo porque altera las pasiones. El alcohol nubla la vista, el borracho se pone violento, el violento encerrado y bebido no encuentra límites sobre lo que puede hacer a su victima. A esto habrá que sumarle las consecuencias de negarle el trago al alcohólico cuyo sistema de soporte está actualmente limitado.

Esta cuarentena nos va a dejar muchas marcas. Algunos aprenderán a convivir, otros a estar solos. Nos reinventaremos en nuestros trabajos, en nuestros roles sociales y hasta en nuestro registro de lenguaje. Lo que no podemos permitirnos a esta altura es preponderar al animal para dejar de ser humanos.

Leer más:

“Variaciones sobre la sinfonía doméstica” | Martín Kohan

 

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