Literatura y ansiedad.

Hace poco, en un taller de lectura, hablando del tema tecnología surgió la cuestión de la dependencia  (¿por qué dependemos tanto de los teléfonos celulares?). Alguien comentó que en su barrio llegaba muy poca señal y que para comunicarse por whatsapp tenía que bajar al pueblo, que estaba acostumbrada y no le daba importancia, pero que sus hijos no aguantaban más de un fin de semana en la misma situación. Inmediatamente sentí angustia. Pensar en pasar días enteros sin señal me generó algo parecido al miedo, también emparentado con la soledad. Y es que sin el acceso directo a las redes sociales es muy fácil sentir que te estás perdiendo todo, que estás al margen, rozando la periferia de la realidad, en cualquier momento sucede algo importante y te lo perdes. La mujer con la casa sin señal me miro con pena, compadeciendo mi ataque de ansiedad. En ese momento entendí que formábamos parte de dimensiones diferentes, que probablemente la suya sea más saludable, pero en ella yo no encontraría forma de existir.

La Ansiedad es la imposibilidad de estar con uno mismo sin estar esperando algo específico, es una patología del rendimiento, pensar la inactividad como estado culposo. Hoy por hoy, los medios masivos de comunicación son los que modelan el proceso de pensamiento, los que apelan a la simultaneidad como estrategia de marketing, así como las economías online están basadas en la impaciencia (lo mejor es lo más rápido). Somos, entonces, títeres manipulados por nuestra propia necesidad de producir, de realizarnos, de lograr que nuestro puntito rojo nunca se borre del mapa mundial. Para ser, resulta indispensable conocer y poseer la información que se transforme en poder.

En la literatura se pueden encontrar innumerables referencias a la ansiedad, empezando por el lector impaciente que empieza a saltarse párrafos, quizás páginas enteras, apurado por descubrir el final de la trama. Se escucha un murmullo, un leve zumbido que se escapa de sus labios a medida que lee a toda velocidad hilando frases inconexas, acelerándose el pulso y la miopía. Pienso en el pobre hombre que intentaba ponerse un pulóver azul en ese cuento de Julio Cortázar (“No se culpe a nadie”), una secuencia de asfixia insoportable, de lucha entre hombre y lana babosa, en donde la ansiedad por completar la tarea y salir era tanta que le impedía ver la solución más simple. Por último, recordemos al pobre Conejo Blanco en Alicia en el País de las Maravillas, aferrado a su reloj, corriendo sin parar, impaciente por hacerle entender a ella que es la verdadera Alicia y que su destino es vencer a la malvada reina.

“Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!” (Lewis Carrol)

Probablemente la ansiedad sea la pandemia del siglo 21 y quizás la urgencia por la completitud se vaya agravando con los años por venir. O tal vez llegue el momento en que el tiempo finalmente se agote, se canse de correr y nos detenga él a nosotros, y logremos, de alguna forma, vivir como la señora en la casa sin señal. Mientras tanto, y para el que tenga unos minutos, les dejo el link del cuento de Cortázar, sin duda uno de sus mejores textos: No se culpe a nadie.

 

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