Diario de librera 2: La no ficción

-Disculpe señora, ¿cuanto valen los libros?; escucho que me dice desde abajo un par de ojos vidriosos, iluminados por el deseo.

-¿Cual te interesa?; repregunto, aunque detesto ese mecanismo.

-No se, cualquiera…todos.

-…bueno…cada uno tiene su precio. A ver, sobre que te gustaría leer.

Inmediatamente después de haber pronunciado esas palabras pude ver en sus ojos que nadie, nunca, le había hecho esa pregunta. Mi clienta adolescente destilaba algo similar al terror, esa clase de miedo que se tiene cuando no se sabe una respuesta. La vi mirar alrededor. La vi pasear sus pupilas hasta donde le dio la vista. La vi volver a mis ojos. Entonces me acerque, queriendo habilitar un espacio secreto, y la escuche contarme sobre sus cavilaciones acerca de los “otros mundos” (planetas). No tomó demasiado trabajo encontrar libros que saciaran esa sed. La criatura, ahora rebosante de entusiasmo, fue a pedirle plata a la madre, que se mostró sorprendida, casi burlona, por el repentino interés de su retoño. Creo recordar que comentó algo acerca de la información que podría conseguir fácilmente en internet, de la cantidad de plata que le hacen gastar en pavadas, de lo mucho que la iba a vigilar hasta verla leer todo ese “librito”. La criatura agachó la mirada y a mi me invadió la vergüenza ajena.

Unos días antes, en contexto de feria del libro, me puse a charlar con una maestra que guiaba a sus alumnitos con destreza de Indiana Jones entre stands repletos. Los paseantes estaban eufóricos, alucinados de ver a sus héroes y heroínas en las tapas de tantos libros. Le pregunté como manejaba la ansiedad colectiva del rebaño. Alzó los hombros y me dijo: “Si no los trae la escuela quién los va a traer”

Lo que le aseguro que daría buenos resultados es que le prohíba a su hijo leer determinados libros. Usted dígale: De acá para acá podés leer, pero de acá para acá, no tocás ni un solo libro porque no son para vos. Y ahí, en esa prohibición, usted le pone los libros que quiere que él lea. Yo me juego la cabeza de que él se va a trepar a las sillas, de que va a hacer lo imposible para no cumplir con esa orden y desobedecerla.Y al desobedecer él va a aprender a leer.” Abelardo Castillo.

Aunque ninguno de mis padres es un lector asiduo, cuando eramos chicas, mi hermana y yo gozábamos de visitas regulares a librerías, ferias de libros y bibliotecas. La de mi colegio era chiquita y en su seno, la legendaria Angelita iluminaba nuestro mundo con historias inolvidables. No somos de una época tan lejana, teníamos televisores, computadoras y hasta internet. La diferencia entre nosotros y ellos es que alguien, en algún momento, nos supo enseñar el placer de la búsqueda analógica, el deseo aumentado por la espera, la ansiedad de la cacería, la recompensa engordada por el esfuerzo. El olor a libro. Si nosotros no nos dedicamos a pasar ese conocimiento a las generaciones futuras, no nos quejemos después al verlos sucumbir a las limitaciones de la tecnología. Lector se hace, no se nace.

 “Mientras muchos se enorgullecen de las grandes páginas que han escrito, yo me enorgullezco de las grandes páginas que he leído” Ricardo Piglia.

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