La generación temerosa.

“Todo ello respondía a una razón que Él creía entender; al fin y al cabo, el carácter de esos jóvenes -que constituían el grueso de la población del barrio o al menos sus habitantes mas visibles- había sido moldeado a edad temprana por la guerra del Golfo y, más tarde, por los horrores inenarrables de las guerras de Afganistán y de Irak y por las atrocidades de ISIS; su sensibilidad se había constituido en torno a la demostración de que nadie está a salvo (…) todo apuntaba a que tuvieran miedo, y su ocio orbitaba alrededor del miedo también, era el de una generación a la que las superficies lisas ofrecían un simulacro de estabilidad y orden.”

Patricio Pron – Mañana tendremos otros nombres.

Somos, y me incluyo, una generación que ha nacido y crecido con la certeza de que el mundo está muriendo. Sabemos que nada es eterno, ni siquiera equivalente a nuestro tiempo de vida, que los recursos se estaban agotando mientras aprendíamos a gatear, o quizás antes, que eso que respiramos no es aire puro, que el sol no es seguro y que tampoco lo es el agua. Aprendimos a navegar en internet antes de saber como tomar un colectivo, nos acostumbramos a las respuestas inmediatas y con ello adquirimos un tipo de impaciencia que volvió efímero al tiempo. Crecimos haciendo equilibrio entre el postmodernismo y la postverdad, un lugar oscuro donde las mentiras se justifican transformándose en estrategias de marketing, donde ya no existe la privacidad en ninguna de sus acepciones, donde todo – absolutamente todo – está a la venta o se destruye. Entonces, como dice Pron, nos volvimos miedosos. Somos la generación que tiene miedo a no tener futuro, porque el futuro que imaginaron nuestros padres ya es presente y sus consecuencias nos persiguen. Somos los que inventamos términos como “Ecofriendly” porque sabemos que el cambio climático ya no es una predicción sino una realidad que nos afecta. Somos los que armamos Hashtags para masificar una demanda colectiva y los que usamos las redes para mantenernos informados, con el miedo profundo y eterno de estar siempre perdiéndonos de algo. El agobio de la tecnología nos trajo la primer epidemia del siglo XXI, la imposibilidad de desconectarse, la adicción a la información y la impaciencia.

Ante todo esto, no debe sorprendernos que sean las llamadas “distopías” (o antiutopías) las que copen la demanda literaria del momento. Son relatos sobre sociedades imaginarias en donde no elegiríamos vivir pero que, sin embargo, no pertenecen al futuro como en la ciencia ficción, sino que aportan una alternativa posible a nuestro presente. Margaret Atwood es la reina indiscutible de las distopías. Cuando, en 1984, escribió ‘El cuento de la criada‘, la teocrática República de Gileard era una distopía lejana en la que el problema de la infertilidad amenazaba la continuidad de la especie humana, dando paso a un golpe de estado que derivó en un régimen autoritario misógino, despiadado y retrogrado. Si bien al momento de su publicación cosechó cierto éxito, fue a partir de la re lectura que se hizo de ella, en un tiempo que le calzaba justo, lo que la convirtió en un símbolo de lucha para más de una causa mundial.  Hace unas semanas se presentó ‘Los testamentos’, la secuela y final de aquella historia increíble. Días después, el diario británico The Guardian comparó a uno de los personajes principales, el Comandante Waterford, con el presidente norteamericano Donald Trump, aunque bien podría hacerse la misma comparación con otros muchos lideres actuales. Y es que para apropiarnos de este nuevo libro no nos hará falta esperar un par de décadas. La lucha feminista domina ahora la agenda social y el problema de un crecimiento demográfico descontrolado que encuentre eventualmente su abrupto punto final ya se encuentra puesto en estadísticas. Todo lo que parecía una ficción increíble hace menos de 40 años es ahora nuestro presente. Y en ese presente nos movemos temerosos, porque ya nadie se atreve a imaginar como serán los próximos 40 años.

“Sólo a los muertos les erigen estatuas, pero a mí se me ha concedido ese honor en vida. Ya estoy petrificada”

Los testamentos, Margaret Atwood.

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