Primun Non Nocere* (Parte I)

Aquel día estábamos todos atendiendo. Nadie le prestaba atención al pasillo, que era largo y oscuro. Rafael apareció de la nada, corriendo y empujando una camilla. Alcance a escuchar que gritaba mi nombre. Y me puteaba. Tarde unos segundos en reaccionar y asomarme a ver qué pasaba. El brillo del fuego me obligo a parpadear y cubrirme los ojos con el antebrazo. El olor a neumático quemado pesaba en el aire. Las sirenas. Los bomberos con amoladoras. La ruta es una fuente inagotable de accidentes, pero el que le cuento ocurrió en la puerta misma del hospital. Los testigos dijeron que la ambulancia había chocado a toda velocidad con un auto que se cruzó de carril y terminó boca abajo en la banquina. Vi que la trompa de la primera había empezado a incendiarse. Toda la escena era un caos. Rafael socorría al conductor. Los bomberos querían liberar al imprudente autor de ese desastre que estaba atrapado entre el asfalto y su propio asiento. Los cristales rotos cubrían la negrura del pavimento y brillaban casi tanto como las chispas que salían del metal violentado. Reaccione por impulso y corrí a fijarme si el paciente al que trasladaban estaba todavía en la ambulancia. El médico que iba con él tenía un golpe en la cabeza y sangraba mientras hacia RCP. – ¡Correte, dejame seguir a mí! Acostate que sangras mucho – le dije.  Se apretó la herida con una gasa que encontró por ahí. No quería irse. No quería entrar para que lo suturen. Se quedó conmigo, contando las compresiones que ahora hacían mis manos mecánicamente. El espacio que nos rodeaba era puro ruido. La amoladora tapaba cualquier pedido de auxilio que nos hiciéramos entre nosotros. Estábamos juntos en ese desastre, pero estábamos solos.  No sé cuánto tiempo habíamos pasado intentando el salvataje  y entonces lo siento detenerse. – ¡Para pendeja, ya fue! – me dijo a los gritos, agarrándome de los brazos. La cara cubierta de sangre y esa mirada exhausta y dolorida lo hacían aterrador. Lo siguiente que recuerdo es estar revisando la herida en su frente. Un zumbido agudo me comprimía los oídos. Por impulso había intentado seguir, continuar el rescate. La mano del colega me freno de golpe. – No hay más, dejalo te dije -. No se podían gastar más recursos. No había respaldo. Nadie a quien cobrarle. Nadie que reponga nada. El tiempo pasado era, además, irrecuperable. Como el de todos, como el nuestro.” (Continuará)


*Cuento incluido en la Antología ‘Entretiempos’ (2019)

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