La gota trae la piedra

Se mira las uñas, desde hace varias horas, está ahí, abollada en el sofá, las piernas dobladas sobre el pecho, y las manos enfrentándole los ojos, alzando alternativamente la izquierda y la derecha, mientras la otra se entretiene destejiendo el borde del sweter. El problema del cambio de roles es que la surda no es tan diestra, el hilo gris se vuelve pelota y nudo. Se muerde también el labio inferior, arrancando pellejitos que mastica, el gusto a sangre en las muelas. Se pregunta la hora pero no se mueve para mirar el reloj que cuelga detrás de ella, no hace falta, cuando cambie la luz será de noche. Piensa en pasar los dientes por debajo de las uñas, entre ellas y la pulpa del dedo, arrastrar algo de barro, hacer una buena limpieza. Está en eso y empieza a llover, a caer hielo del cielo razo, a inundársele el cuerpo. La mano ignorada va a parar sobre la cabeza a modo de refugio, la otra siendo examinada. La boca enrojecida, masticada, deja escapar la lengua para absorber algunas gotas heladas pero la gota trae la piedra y la piedra le baja un par de dientes. Esconde la cara morada entre las rodillas, se va haciendo más chica, más redonda, más simétrica. Se queda dormida, arrullada por los ruidos del granizo atravesando la chapa, el aire y la piel. Se deja llevar por el sueño cálido del fuego y dormida como está se arranca el temor y el dolor y la duda. Se vuelve papel de arroz, peso pluma, velador.

#formasbreves

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