Vendido

Clementina tenía los ojos desbordados. Le chorreaban glaciares por los costados de la cara, se le hacían surcos negros de maquillaje a lo largo de los pómulos, hasta el cuello, yendo a parar, la humedad, toda al borde de su bufanda. Mantenía muy alzada la frente, muy apretada la boca y muy ahogada una débil sonrisa, recta, resumida. Estaba de pie y tenía el cartel de frente, enorme, de un blanco color hospital, y empeñaba toda su sombra en intentar cubrirlo.

“Vendido”

Como los pajaritos en la feria del barrio los domingos. Como las cajas de libros viejos del parque. Como los percheros en la feria americana que armaba siempre la vecina en la vereda. Como en las películas, en esos remates de antigüedades, el tipo bien vestido, subido a un atrio, con el martillito de madera que golpea otra madera. El martillito, ese que le terminó de clavar el cartel a la puerta del negocio de su padre y de su abuelo.

“Vendido”

Pero vacío, oscuro, lleno de humedad, de ruidos…

Clementina pensó en ese instante que el mejor remedio para la humedad es el calor. Calor seco, se dijo. La puerta cedió fácil. Los papeles hicieron mucho humo. Se limpio las lágrimas con el dorso lleno de ceniza de la mano, la cara negrísima, largó un par de carcajadas histéricas, escuchó como ardían las vigas, los tablones y las ratas. Sobre todo las ratas que habían puesto el clavo en el cartel.

“Vendido”

***

#formasbreves

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s