Un tal Poe

Un descarado dolor de espalda le produjo rabia desde temprano. Enderezarse era una pesadilla parecida a agarrarse los dedos con la puerta del auto y para colmo, las veredas cubiertas de fina escarcha lo obligaron a caminar doblándose 45° hacía el pie que tocaba el suelo en un intento despreciable de fomentar la estabilidad y eso le dolió aún más. Apoyó la palma de la mano derecha en la parte baja de la espalda y dibujó círculos, como se frotan las lámparas mágicas, buscando un alivio que no consiguió ni por invento. EL mañana se perfilaba como un día ajetreado y su calvario no podía continuar. Decidió, con prisa que saboreaba desesperación, prepararse un té cuya receta, muy antigua y remendada, había pasado por su familia a través de alguien que nadie conocía pero que todos recuerdan, un tal Poe. Al parecer el hombre, vecino de un tío de su primo, solía padecer horribles ataques de delirio a causa del dolor proveniente de su nariz petrificada, piel echada a perder, órgano putrefacto inservible, de graciosa prominencia y asqueroso aspecto, hasta que llegó a sus manos una cura milagrosa en forma de hierbas hervidas de dudosa procedencia. La verdad es que con tal grado de incomodidad, no le importó de donde sacaran los yuyos en tanto le calmaran la molestia. Tiempo después, cuando el tío de su primo extravió su pierna en uno de los tramos más intrincados del ferrocarril, el piadoso vecino puso a hervir agua y le dio a probar su pedacito de cielo. Desde entonces, en su familia combatían los dolores agudos con aquella  pócima añeja que nadie se atrevía a contradecir por considerarla mágica. Bebió entonces su taza de té y se acostó boca arriba junto al fuego del hogar, encima de una deliciosa bolsa de agua caliente. El efecto somnífero del brebaje sumado al calor y al progresivo alivio hicieron que se durmiera en profunda inconsciencia. Afuera llovía, el viento invernal hacía temblar las ventanas, el fuego chisporroteaba avivado por la corriente de aire y debajo de éste hombre, la goma hirviendo  pronto empezó a derretirse. No hubo de pasar mucho tiempo antes de que las chispas, tan alegres como infantes, arrancaran a escaparse de la chimenea y salieran disparadas a impactar contra el cuerpo, aún horizontal, del hombre. El trance herbal fue tal que no sintió nada, ni siquiera cuando la bolsa de agua caliente se hizo camino entre el suelo y el resto de su espalda adhiriéndolo de forma permanente al suelo. Inmóvil, dormido, acompasando las respiraciones entre sueños donde el sol le doraba la piel y el arrullo del viento se debía al mar, se dejo perforar por las chismas que para entonces ya lo tenían convertido en mapa de rutas, de pistas de moto cross. El hombre, ya pegado al suelo, ya perforado, ya en vías de derretirse entero y pasar a integrar los tablones del parquet, tuvo un último atisbo de consciencia. Abrió los ojos, atinó a liberar un grito de dolor profundo y gutural, a medio camino entre el llanto y la disfonía, y registró como pudo su entorno en busca de ayuda. Unos pasos frente a él, apoyando el brazo sobre la repisa de la chimenea, de un solo perfil iluminada, una figura humanoide de nariz horripilante observaba con diversión.

#formasbreves

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