Apuradas como estaban por caer se precipitaron todas juntas.

Hubo una vez en que atravesé una tormenta.

Estaba en el bajo, en un bulevar rodeado de palmeras que se doblaban por la mitad sin quebrarse, flexibles como bailarinas, parcialmente escondidas detrás de la niebla y sacudidas sin piedad por el viento. No conocía ese pasaje, a pesar de haber paseado por Puerto Madero muchas veces, tal vez por encontrarse retirado del sector turístico, en una zona residencial que desembocaba en el río. Estaba ahí perdida, no en la geografía sino en mis pensamientos. Andaba sacando fotos, eso lo recuerdo bien. Y de repente la luz empezó a cambiar, a volverse cada vez más verdosa, plomiza. El aire se transformó en una masa húmeda, fría y espesa. El agua se respiraba y se sentía en el pelo y en la ropa. Por miedo guardé la cámara y por curiosidad me puse a contemplar las vetas amarillentas que se le hacían al cielo. La niebla borraba la mitad superior de la imagen y eso me maravillaba.

Las primeras gotas ocurrieron de repente y en masa. Apuradas como estaban por caer se precipitaron todas juntas sobre las cabezas de los chicos que salían de la universidad. Hubo gritos risueños, hubo corridas y saludos fugaces. Y luego todos quedamos atrapados ante el semáforo de Avenida Madero. Cruzar con la luz verde a favor de los camiones no era una opción pero la lluvia nos caía de lleno. Pusimos los brazos a modo de viceras, improvisando un techo que nos permitiera abrir los ojos. Ya estábamos empapados así que nadie intentaba cubrirse mucho más. Cuando el semáforo volvió a cambiar cruzamos en manada, como animales desconfiados, pisando sobre lo desconocido, el suelo escondido bajo el agua. Todos juntos subimos la pendiente inclinada que es la calle transversal a la avenida, en dirección a Alem. Los zapatos resbalaban, las zapatillas escurrían. Tiritábamos de frío porque llevábamos ropa de verano y la tormenta nos helaba el cuerpo. Cada varios metros frenábamos de un salto por el espasmo de susto que nos producían los rayos. Estallaban a poca distancia, haciendo temblar el asfalto, incendiando de luz al cielo desgarrado. Algunos se fueron quedando atrás, al cubierto de los toldos y las entradas de edificios. Otros quisimos seguir avanzando, pensando que lo peor aún no había pasado.

Cruzando Avenida Alem nos agarró el granizo. Diminutas cuentitas de hielo cayendo a gran velocidad nos chocaban los cuerpos, nos raspaban la piel. Salimos corriendo a los gritos como los animales asustados que todavía éramos, perdidos, lastimados, errantes. Logramos llegar a la recoba y ahí nos quedamos, formando un montoncito de jóvenes mojados que miraban desde su escondite como el mundo se partía en pedazos y les caía encima. Se me ocurrió sacar un paquete de pañuelos para limpiarme la cara y los lentes. Después los ofrecí, por si alguno necesitaba un limpia parabrisas. En ese momento la manada se volvió más próxima, afanosa en la tarea de repartir pañuelitos. Chorreábamos agua por todos lados, temblábamos de frío, nos frotábamos los golpes que nos dejaron las piedras pero en ese momento estábamos a salvo. Habíamos atravesado la tormenta y habíamos sobrevivido.

A veces me asusta el paso del tiempo, su liquidez, la cosa efímera de atravesar semanas y meses sin recordarlos. Sin embargo ocurre que de repente viene a mi algún detalle mínimo que me devuelve a la memoria toda una tarde o todo un día. Y entonces me doy cuenta que nada se borra, todo está ahí, puesto al resguardo del trajín, esperando el momento de volver a caernos encima en forma tormenta y empaparnos de pies a cabeza.

Por que eso es  lo que pasa cuando se atraviesa el tiempo, uno siempre termina empapado.

#lacoluumnadeldomingo

 

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