La hermosa libertad de haberse quitado el zapato que le producía el malestar. 

Carla se revuelve brutalmente en su asiento. Lleva puesto un vestido corto, oscuro, suave a la vista y quizás al tacto. Sus botas negras raspan el piso queriendo sacar lustre a la baldosa. Se dobla para un lado, se arrepiente, gira sobre su propio eje, se dobla para el otro. Verla ahí sentada, retorciéndose como una serpiente vegetariana, me enloquece. Luce inofensiva, tan diminuta de cuerpo, con su diminuto vestido y sus diminutos rulos que acompañan su danza moviéndose ellos también de un lado a otro. Digo ‘luce’ porque su apariencia es engañosa. Todo en Carla responde a un único propósito y solo a esto: expresarse. La causa de su retorcer es nada menos que el deseo. Quiere expresar un deseo y está buscando entre sus profundidades la mejor forma de hacerlo.

Tengo los ojos clavados en ella mientras va de un lado al otro, incómoda, con cara de enojada, aunque no es enojo, es malestar. El dolor que se siente cuando a uno le aprieta un zapato y sabe que tiene que seguir caminando. El dolor de cortarse con una hoja de papel y soportar el ardor prolongado en esa pequeña herida, que a pesar de su tamaño molesta como loca. La veo ponerse de pie, de repente, desconcertando a todos sus observadores que esperamos escucharla hablar. Se queda parada atrás de su silla, apoya las manos en el respaldo y deposita en él todo su peso como si desconfiara de sus piernas. Nos mira usando un plano panorámico que nos envuelve como un conjunto amorfo. Nos tiene en vilo unos segundos, de repente estática.

– El problema del deseo es la conciencia absoluta que tenemos de la falta. De lo que nos hace falta y, por lo tanto, deseamos. Sin esa falta no existiría el deseo y tampoco la vida. Aquel que no desea nada, pregúntese si está vivo, si respira. Pero lo más importante que quiero decirles hoy, acá, aprovechando que han venido a verme, es la posibilidad de desear no solo lo tangible, material, sino aquello que es intangible. Desear una idea. La idea del deseo. Desear, por ejemplo, la idea de amar, la idea de hacer el amor, la idea del calor ajeno sobre el propio cuerpo. Desear la idea de flotar en agua helada, la idea de sentarse en medio de una calle vacía. El deseo no necesita, necesariamente, concretarse. Se puede disfrutar el solo hecho de estar deseando. Se puede desear tener un deseo.

Dice esto y se suspende a si misma. Se queda callada. Se vuelve a sentar rodeando la silla por la izquierda. Ha dado a luz el discurso que buscaba entre sus entrañas. Ya no se retuerce. Ya no se revuelve ni lustra el piso con las botas. Se queda quieta, disfrutando de la hermosa libertad de haberse quitado el zapato que le producía el malestar.

#formasbreves

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