Las flores que había guardado en mis bolsillos se esfumaron

photoeditor_20190508_1140417371466152175.jpgQue saliera a caminar en una tarde tan hermosa como aquella no era ninguna novedad, dice Fresia, que empezó a contar la anécdota sentada en su sillón de pelos rosados y había migrado lentamente, como un gusanito de seda, hasta quedar sentada sobre la mesa de café, –todos conocen mi gusto por los paseos al sol. La verdad es que me perdí, para que les voy a mentir. Conozco este barrio como si fuera parte de mi cuerpo, pero incluso éste tiene partes que ya no recuerdo. Advertí que estaba entre calles poco familiares cuando presté atención al cambio en la vegetación, ahora mucho mas tupida, mas espesa, verde inglés. Sabrán que no es común ese verdor fulgurante en pleno otoño. Curiosa de mi, me dejé llevar por el encanto del paisaje, siguiendo el camino que tenía ante mis pies. Alza las manos y se acomoda la cabellera plateada que le roza la cintura. Se prende un cigarrillo delgado y sube los anteojos a la cabeza para adoptar la pose que le permita continuar su relato. –La tierra era muy blanca y una especie de micro partículas doradas flotaban suspendidas en el aire, tan leves, haciendo brillos con el sol. Supuse que venían de las flores, que crecían y se enredaban a medida que avanzaba, haciéndose mas grandes, insólitas. El paseo constaba de un único sendero recto, delimitado por jardines a ambos lados y al final, lo que se percibía como una casa. Tomé algunas flores para poner luego entre mis libros y las guarde en mis bolsillos ya que no traía conmigo más que mi campera y mis llaves. Durante la narración, Fresia no deja que nada la interrumpa. Hace ademanes con las manos y señala la campera colgada detrás de la puerta. –Al llegar al final del camino tuve ante mi una pequeña puerta de madera con un picaporte corriente, de los que se usan dentro de las casas y no fuera. Ya me conocen, tuve que golpearla con delicadeza, quería saber quien era dueño de tan hermoso bosque encantado. Así que toque una, dos, tres veces. Supuse que no había nadie y como aquí no cierran con llave, me permití abrir para echar una miradita. Se lleva la mano a la boca con picardía, como un chico que reconoce su travesura, y vuelve a ponerse los anteojos sobre la nariz. -La cosa es que detrás de la puerta…no había nada. Digo nada porque no existía una casa tras ella, ni cuarto ni sombras. No había nada. Repite a propósito, enfatizando su decepción, abriendo los brazos con las palmas hacia el techo. Nada excepto la continuidad de la vegetación que acompañaba el camino, como si la utilidad de aquella puertecita fuera entrar en otro sector del mismo jardín. Me enojé, no les voy a mentir, esperaba encontrar mucho más que otro tramo de sendero. Se estaba haciendo de noche y saben que el frío me arruina la piel, así que dí media vuelta y volví sobre mis propios pasos. Lo curioso, queridos míos, es que al llegar al inicio del camino, la puerta, que yo había dejado torpemente abierta, se cerro de un portazo, quizás furiosa por mi descuido, sin la más mínima briza que hubiera generado el movimiento. Y ahí estaba, mi calle, la que sí conozco, apenas a la vuelta de la esquina. Fresia toma aire, baja la mirada y baja también los hombros en claro gesto de tristeza. Habla ahora en un susurro. –Al día siguiente quise volver a aquel hermoso jardín pero ya no pude encontrarlo. Las flores que había guardado en mis bolsillos se esfumaron. Los colores del otoño volvieron a ser los únicos en mis paseos, sin fulgores ni brillos dorados. Claro que seguiré buscando. No puede haber desaparecido así nomas. Se que en algún lugar está mi bosque encantado y volveré a verlo. Fresia termina su relato y parece exhausta. Se vuelve a tirar sobre el sillón rosado, revolea los anteojos hacia atrás y dobla los brazos bajo la nuca para usarlos de almohada. Mira complacida a su audiencia, dos gatos persas que ahora se acuestan panza arriba disfrutando del sol de medio día.

#formasbreves

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