Es el espasmo de estar intentándolo todo

La mujer desvelada se ha quedado súbitamente dormida. Le recorren la cara pedazos de pestañas desprendidas por las lineas de sus propios pensamientos. Tiene un libro, medio aplastado sobre la cabeza, las páginas garabateadas, dobleces en cada esquina. Las rodillas arremangadas sobre el pecho y un almohadón que abraza hasta quitarse el aire. Los parpados le tiemblan aún cerrados, como si ambos globos oculares estuvieran bien despiertos, encerrados tras pellejos tibios, en cautiverio los pobres vidrios. El resto permanece rígido, ajeno incluso al movimiento respiratorio. Sólo en su cara se registra ese espasmo, justo debajo de las paginas subrayadas del libro que duerme con ella.

La mujer desvelada está despierta, perdida su conciencia en un escenario demencial, aturdida por el repentino estallido de una puerta que se ha cerrado. El pasillo es pura oscuridad, sin salida iluminada, sin papelitos de “comeme”, o “bebeme”, ni liebre esquizofrenica, ni sombrerero enamorado. Se refugia en un rincón y piensa, porque si hay algo que la mujer desvelada hace mucho es pensar. -¿Por qué vuelven a mi estas pautas ficticias en sueños desmembrados? ¿Por qué me atrapan las historias que en vigilia me liberan?

Aprender a aceptar la oscuridad es parte del proceso de naturalización de los miedos. La mujer desvelada le teme a la falta de tiempo, al desperdicio de luz, a la total y completa penumbra como forma de vacío, de inactividad. Los parpados se sacuden al compás de las pelotitas verdes que guardan en su interior. Es el espasmo de estar intentándolo todo. El pasillo sigue ahí pero ella sale del rincón y empieza a pasar la mano por la pared que encuentra más a mano. Las yemas de los dedos ejercen un reconocimiento virtual, de código Braile, de memoria sensitiva. El miedo sigue intacto pero a medida que avanza, a tientas, tambaleando, sabe que la próxima vez ese túnel no será nuevo y entonces, quizás asuste menos.

La mujer desvelada se despierta de un salto. El gato se ha subido a la cama, aterrizando de pie sobre su espalda. Toma el libro de su cabeza y lo aparta. Se revuelve un poco más y vuelve a cerrar los ojos. Sonríe. Espera volver a donde se había quedado, en ese punto de la pared oscura donde le pareció tocar un corazón…

#lacolumnadeldomingo

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