Yo misma sin ella

Que cosa tan complicada la ansiedad, parece ser que no puedo vivir sin ella, como un motor complejo y maldito que mantiene mi vida en movimiento. Como si no hubieran ya suficientes enfermedades en éste siglo, la falta de comunicación, el exceso de información, la velocidad, el re-pensamiento compulsivo…la ansiedad.  Sin embargo, en la profundidad de mis sombras, pienso que no seria yo misma sin ella, como esa amiga fantasma que te charla en las noches de angustia o en los momentos frenéticos de toma de decisiones y cambios. Ella me moviliza, me empuja, me golpea cuando es necesario, todo para mantenerme a flote en el mar insensato que es el cosmos de mi mente.

La ansiedad me despertó esta mañana demasiado temprano. Es sábado y la calle está vacía, apenas amaneciendo detrás de las montañas. Ya me conozco y se que dar vueltas en la cama sera inútil. Mejor me levanto y salgo a caminar, esperando que el frío de principios de otoño me despabile. Pronto asoma un sol histérico y el cielo se apropia de un azul demencial, perfecto. Entro a una cafetería que parece estar apenas despertándose y me adueño de la mejor mesa, junto al ventanal, en un recoveco al que ya le llegan algunos rayos cálidos. De a poco, entre aromas a café tostado y pastelera, empieza a poblarse el salón. Me gusta observarlos, tengo por hábito una suerte de voyerismo social, los miro desde mi discreto escondite y pienso como serán sus vidas. Imagino todo, sus defectos, afectos, rencores, pasiones y luchas. Les invento aventuras a la manera de ‘elija su propio final’. Son mis juguetes preferidos, la humanidad, y por un rato soy una deidad mítica con poder de decidir sobre el destino de los otros.

Hay una pareja que acaba de entrar. Rondan los sesenta años y van vestidos con ropa de estar-de-vacaciones, elegancia dentro de la comodidad, esa combinación tan conocida de pantalones de vestir, camisas y zapatillas todo terreno, un deseo inalterable de estar ‘listos para todo’. Él y ella charlan, uno a cada lado de la mesita para dos, separados por un florerito y un vacito con una vela. Están juntos hace demasiado tiempo, tanto que son siameses, una bestia bicéfala, pensantes monocordes, cada uno sumergido en la otredad encerrada en el teléfono móvil. Ya se han cansado de mirarse a los ojos. Esa debe ser otra enfermedad de éste siglo, la incapacidad óptica de enfocar la mirada ajena. Mientras chequean el whatsapp lleno de mensajes y fotos enviadas a hijos y nietos que preguntan por las vacaciones, toman café solo, porque sólo eso les valió de excusa para entrar al pintoresco cafetin lleno de flores y luego contar, selfie de por medio, cuanto lo habían disfrutado.

La ironía nos envuelve, como las sillas de plástico transparente en las que estamos sentados todos aquí, quizás lo único transparente en éste lugar. Él y ella pagan y se van. Ha sido una estadía breve, no hay que perderse el sol que promete hostigarnos con su inagotable algarabía el resto de la jornada.

Me vuelvo a quedar sola en mi mesita contra el gran ventanal, con un silencio que está siempre tan lleno de posibilidades…

#lacolumnadeldomingo

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