Una tarde cualquiera al borde del destino.

“Agarrame de la mano, tan suave que parezca una caricia. Esperame mientras decido si te sigo. Cuando te mire a los ojos ya estaré lista.
Acompañame a bajar las escaleras, con cuidado de no tropezar con algún tablón desplazado o mejor baja conmigo, a mi ritmo, trata de sentir mi desconcierto.
Caminemos lento, no hay apuro. Seamos concientes de nuestros pasos, atendamos al ruido que provocan los zapatos.
Cuando lleguemos al final del muelle respira hondo y yo haré lo mismo. Llenate el cuerpo de aire hasta ser un globo hinchado de espacio.
Recién entonces nos sentaremos, bien al borde, dejando colgar las piernas cansadas, procurando no perder el calzado en el agua helada, nuestras manos aún firmemente unidas. Volveré a mirarte a los ojos, ésta vez como nunca me viste hacerlo, te pediré que me cuentes una historia y en el instante en que empieces a inventarla, ahí comenzara el resto de nuestra vida.”

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