Las primeras horas

El bar está casi vacío, supongo que la lluvia los obligó a todos, a punta de pistola, a quedarse bajo las sabanas. Es muy temprano para un sábado, eso también hay que decirlo. Es una lástima que no aprovechen estas horas de luz polvorienta y haragana, casi amarronada, color bilis, almíbar echándose a perder. El silencio pesa alrededor de las mesas, con su propia masa y temperatura. Entre las nubes empetroladas amaga un rayo de sol que desgarra el ambiente y va a parar directo a mi espalda, un calor que agradezco y no comparto. Entre aromas a café tostado se mezcla ese perfume a flores naturales que a mi siempre me pareció mortuorio pero queda lindo a la vista.

La moza me mira con curiosidad mientras escribo lo que va a pasar dentro de unos segundos. Estamos solas ella y yo, resguardadas del clima en este cafetín de esquina lleno de gladiolos pero quiero que se abra la puerta de golpe; y se abre. Quiero que entre él y se quede parado en el umbral, con sus alpargatas mojadas, sacudiendo la boina que algo pudo frenarle la lluvia; y entra, y se sacude la boina y zapatea un poco para liberar charquitos que tenía retenidos en las alpargatas. Quiero que la moza lo mire, sorprendida, roja de vergüenza; y lo mira, y sus mejillas se vuelven frutillas maduras. Desvía un segundo la mirada y vigila que sigo escribiendo pero ahora quiero que él camine hacia el mostrador, pasando a mi lado sin verme, y que le agarre el nudo que ha hecho con sus manos; y lo hace. Pasa sin verme y le agarra las manos. Ya nadie me ve, es perfecto, quiero que se hundan en su par de miradas, que él suspire liberando todo el aire que venía conteniendo desde el umbral y que, abalanzado sobre la mesada, le estampe un beso profundo, posesivo, urgente, borrando con su boca la de ella y haciendo que, por consecuencia, ella tenga que agarrarse de algún borde para no mostrar temblor; y lo hace, claro. Se abalanza, la besa, ella no se cae porque está agarrada al mostrador. Cuando el beso termina les concedo aún un par de segundos de dulces reojos pero él tiene que marcharse pronto. La escena fue perfecta y no queda más para agregar. Vuelve a pasar junto a mi sin verme, se acomoda la boina húmeda en el umbral y sale de nuevo bajo la lluvia helada de otoño, no sin antes echarle una ultima mirada a la moza que ha quedado derretida detrás del mostrador. La puerta se cierra, yo dejo de escribir, le pongo el capuchón a la birome y suspiro complacida. Le pido a la moza un café, que prepara con sonrisa de enamorada.

Las primeras horas de la mañana pueden ser tan mágicas…

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