Los hamacaba

person standing using red umbrella
Photo by Aline Nadai on Pexels.com

Pensó en atarse a un árbol.

Lo que se venía no era broma.

La noche se hizo día y volvió a anochecer.

María lo miró con terror. Los ojos ya no le entraban en la cara. Tenía ambas manos amuradas al asiento. Eso le hizo acordar a cuando iban a los parques de diversiones y se subían al zamba. Ella sonreía porque el juego obligaba aunque estuviera muerta de susto, intentando sostenerse las sandalias con los dedos, gritando y a la vez disfrutando de verlo a él sonreír con sinceridad.

Pero aquello no era el zamba. Era un auto diminuto y liviano, descompuesto, al costado de una ruta a la nada, a campo abierto, a una tormenta monstruosa, de frente al viento que hamacaba la cabina y los hamacaba a ellos.

Los sacudía.

María seguía clavada al asiento, pálida ya de oscilar, controlando como podía el sudor frío de preocupación que le refrigeraba la columna dorso-lumbar.

Él quería transmitirle calma, seguridad de hombre que tiene todo bajo control.

Bajo el control de nadie.

La tormenta se les vino encima. El auto no arrancó. Las ráfagas eran visibles de tan severas, como olas fuera del mar, como acolchados de aire y agua y furia.

María se soltó del asiento y se aferró a sus brazos, solo para apretarse contra algo suave y tibio. Él le devolvió el gesto, pensando que podía consolarla.

La noche se hizo día y volvió a anochecer.

***

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