Tiempos violentos

Playlist de lectura sugerida: Whole lotta love

Led Zeppelin sonaba a todo volumen. Eso lo recuerdo bien. “Want to whole lotta love/ 
Want to whole lotta love” La frase se repetía insistente, como una lección de primaria, como se aprende la tabla del dos. El volumen, exageradamente alto, me hacía doler los dientes. Todos escuchaban la obviedad (¿Quién no quiere un montón de amor?) ahí parados, o sentados en banquetas altas, distraídos en mundos que no compartían atmósfera. Las pantallas brillaban frente a sus caras haciendo que todos fueran de color azul pálido. El resto del ambiente estaba a oscuras. “I’m gonna give ya every inch of my love/I’m gonna give ya my love”. Yo los recorría sin tocarlos. Ellos no se movían.

¿A quién darían ‘cada centímetro de su amor’ todos esos pitufos resplandecientes en la inhóspita oscuridad de mi sueño?

El tiempo nos pasa a todos. Eso está claro. Pero cuanto más cerca me paro respecto a la treintena, más me pregunto si, como explicaba el Dr. Golo en esa novela de Castillo, no nos ocurrirá también el espacio. La distancia que ponemos entre nosotros mismos y el completo de la realidad. Lo que nos separa de la posibilidad de estar en peligro. La ‘distancia de rescate’. Los tiempos son cada vez más violentos. La sociabilidad se fue reduciendo hasta llegar a ser un deporte de riesgo, una actividad cuidadosamente planeada de antemano, donde siempre hay un tercero que está al tanto de nuestra ubicación, alerta ante cualquier eventualidad. Las mujeres nos volvimos fuertes, si, pero a costa de hallarnos envueltas en mayas de metal. La ultra-sensibilidad nos aleja de las relaciones porque en ese amasijo de cambios culturales no pudimos aún darnos el tiempo de diferenciar las inclemencias emocionales de la verdadera violencia. Entonces, a cuenta de evitar cualquier tipo de herida, las pantallas azules se transforman en la única forma de diálogo. Un plano en el que no existen las miradas cómplices, las sonrisas espontáneas, el rubor que  invade cuando las manos se rozan. Un plano totalmente estéril de humanidad.

No pretendo que ignoremos la creatividad violenta del tiempo en que vivimos, pero la empatía merece una oportunidad. Quizas hasta sea una buena forma de combatir la híper-virtualidad. El amor es un riesgo que vale la pena correr, en todo el esplendor de nuestra forma física porque lo que no se puede tocar, no existe.

Después de todo, como dicen por ahí,  “si no es amor, que no sea nada”.

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(Los berlineses son convocados en la Alexanderplatz a aguantar la mirada de un extraño para descubrir la humanidad del vecino)

 

 

 

 

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