Pararse en la esquina a mirar

Ella quiere. Él no. O quizás sea al revés. Él quiere, pero ella no lo sabe porque él no se lo dice. Debería imaginarlo. Las señales están a la vista. Todo es tan brillante. Sin embargo, un silencio los envuelve privándolos de casi todo el oxígeno. No se mueven. No respiran. Tampoco se tocan. Los veo desde el otro lado de la calle y la imagen duele tanto como debe dolerles a ellos el no parpadear. Porque no parpadean. Están ahí, en pausa. Es una batalla de paciencia. Pierde el que se rinde. Pero ahora ella deja caer la mirada y la apoya con vergüenza en sus pies. Se mira las zapatillas. Frota las punteras raspando una mugre invisible. Pienso que perdió. Él sigue sin parpadear pero cambia de destino y le mira las manos. Va y viene. Manos, ojos. Se esfuerza por alcanzarlos porque ella sigue atenta al piso, y creo que lo logra. Sin tocarla. El diálogo entre ellos ocurre en una órbita diferente a la mía. Desde el otro lado de la calle puedo sentir la vibración que les atraviesa el pecho. La veo a través de sus remeras, como puertas abriéndose, empujando las telas. Él es muy alto. A pesar de la distancia podría asegurar que su altura y su anchura lograrían envolverla a ella hasta hacerla desaparecer de mi vista sin esfuerzo. Pero no lo hace. En cambio, balancea su peso de un lado a otro, como un péndulo inquieto, de repente nervioso. La falta de oxigeno empieza a afectarles. Ella tiene una cara preciosa. Naturalmente pálida. Transparente. Los ojos ocupan gran parte de la circunferencia total y los labios solo forman una linea tensa que no llega jamás a ser sonrisa pero que ahora intentan separarse, intentan dejar escapar una palabra. Lo veo todo tan nítido desde el otro lado de la calle que llego incluso a captar el momento exacto en que ella vuelve a cerrar la boca y en el mismo rapto de movimiento alza la vista y la clava con violencia en los ojos de él. Ya no es un juego, eso está claro. Tampoco hay paciencia. Las manos de ella, que hasta entonces colgaban de sus brazos inútiles, lo agarran a él por los codos, enterrando los dedos con tanta fuerza que se ponen blancos. El péndulo deja de moverse. Una cachetada de electricidad lo sacude pero es solo un instante. Un único momento en que por fin parecen compartir la misma atmósfera. Y entonces me quedo helada. No anticipo lo que está a punto de pasar. Me sorprende incluso después de haber estado observándolos por tanto tiempo. Frente a mi, ella se derrumba. Se desploma como si una bomba hubiera detonado en su interior y la obligara a caer quebrando las rodillas. Todo su peso hacia el costado izquierdo. Los brazos flotando en sentido contrario. Su cabeza alcanza el pavimento y el ruido del choque es tan grave que cruza la calle y me sacude. Desparramada, no se mueve. Él tampoco. En lugar de reaccionar, la ve formar un montículo blando en la vereda que pronto queda oculto por la multitud que se acerca y se organiza en circulo a su alrededor. Algunos gritan. Otros corren. Los veo repartir pánico y enfrascarse en maniobras inútiles. Él, de repente vivo de nuevo, da dos pequeños pasos hacia atrás. Y luego dos más. Y otros dos. La multitud termina de separarlo de ella y lo bloquea. Eso que ya no es ella se pierde. Desde la otra vereda lo veo todo. Pronto la figura incomprensible que hasta entonces a todos interesaba, ha quedado sola. Él se pierde en la noche, caminando hacia atrás, paso tras paso. La calle se vuelve un túnel oscuro que no admite más brillos. Es momento de volver a casa. Ya no hay nada mas que ver.

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