Reflexiones en un tren

El vagón se mueve y ese traqueteo me acuna. No pienso en nada salvo en lo bien que me viene este aire que se filtra llevándose por delante la ventanilla, tan cargado de olores que son ajenos a la ciudad. Aromas que quedan por fuera del sistema porque no han sido capitalizados ni encerrados en botellas y vendidos en comercios naturistas. Aromas que son producto del sol hirviendo sin piedad las hojas de una inmensa arboleda y mezclando esa infusión con la tierra que vuela y se lleva a su paso todo lo que ande suelto o mal amarrado.
El pasto amarillo es el quemado. El verde que queda de pie parece mirarlo de reojo y mostrarle un gesto burlón. La llanura es tan chata e inmensa que, si no se supiera lo contrario, se diría que es todo lo que existe.
Me estrello contra la realidad, desprendida por siempre de mi pacífica ensoñación cuando aparece el boletero (¿aún los hay?). Le consiento examinar mi pasaje y recién ahí advierto que hay policías entre nosotros. El tren va custodiado, váyase a saber porque. La falacia de que en el campo no hay inseguridad se diluye y desaparece.
Muy a pesar de quienes la interrumpimos, a ambos lados continua la llanura, impresionantemente plana.

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