La izquierda optó por la anarquía

 

“La ausencia del otro me mantiene la cabeza bajo el agua; poco a poco me ahogo, mi aire se rarifica. En esta asfixia reconstruyo mi verdad y preparo lo intratable del amor” Roland Barthles

Empece a marearme un poco antes de lo previsto. Consistía en una sensación leve, algo así como un hormigueo que arrancaba en las plantas de los pies y emprendía un ascenso penoso hasta mis rodillas. Pensé en sentarme un momento pero la verdad es que no tenía mucho sentido. El aire llevaba un olor extraño, pesado, amparado en el efecto erosivo de las partículas que mantenía a flote. El suelo había dejado de ser real minutos antes de empezar a sentir la humedad que me rodeaba y me empujaba la piel hacia adentro.
Mi mano derecha había quedado abrazada al picaporte de bronce falso, asquerosamente lustrado, frío, absorbiendo, por partes, la sensación pegajosa que le transmitía. La izquierda optó por la anarquía: soltó la bolsa de los mandados y se quedó temblando junto a mi pantalón, simulando apenas un poquito de dignidad.
Como si fuera producto de un poderoso veneno, el hormigueo continuó en ascenso. De las rodillas, ya debilitadas, naturalmente chuecas y torpes, fue migrando al resto de las piernas, hasta las caderas, hasta colmarme por completo el vientre y hacer que deseara haberme sentado. Por instinto quizás, o por misticismo, solté el picaporte y me abracé el estómago con ambas manos, protegiéndome de algo que tenía la delicadeza de no existir.
Aún faltaban horas para el anochecer pero el cuarto se había oscurecido, mostrándose atravesado por lineas blanquísimas de luz polvorienta que, en conjunto, formaban un delicado encaje de tela de araña. Recuerdo haber pensado que debía ser una araña ponzoñosa, porque el hormigueo persistía en su escalada y ya podía sentirlo oprimirme el pecho y la garganta. Los oídos, repletos de insectos hiperactivos. La lengua, empapada de arena. Los ojos inútiles, veían sin mirar.
Entonces, y sobre todo porque entendí que no quedaba otra opción más que estrellarse la cabeza contra el suelo, me propuse rearmar el mundo anterior a tu existencia. Esto, claro, cuando lograra despertar. Acto seguido, consentí desmayarme, en cámara lenta, con la elegancia de un funeral.
Vos te fuiste y ese fue tu gran acto de amor.

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