Todo entre nada

Tomados de la mano y apretando con fuerza, uno contra el otro, corrían a todo pulmón. Pasos sólidos, estocadas enérgicas, saltos de campeonato. Corrían y miraban por encima del hombro, hacia atrás y al frente. Se abrían paso a los codazos limpios. Empujones que intentaban mover una multitud empecinada en llevar la dirección contraria.
Juntos, formando una estructura fuertísima, dejándose los dedos pálidos, corrían esquivando gente apelmazada, grupos de grumos vivientes que empuñaban violencia en ojos y escudos.
Caía una lluvia agria, alquitranada. La ciudad se había teñido del color del acero y los bloques de gente daban la impresión de formar torres horizontales, ciegas y toscas columnas de ejércitos diversos que iban ganando terreno hacia el centro mismo de la plaza mayor. No había calle que no estuviera repleta de soldados mudos, uniformes.
Ellos, juntos, aún sin soltarse, probaban caminos alternativos, callejuelas perdidas, túneles subterráneos. Intentaron cruzar por dentro de galerías y playas de estacionamiento. A donde fueran, ahí estaban los discípulos de dioses ausentes, reuniéndose para el acto de sacrificio. La lluvia no cesaba y bajo el cortinado empetrolado, amasijo de smoke y sudor, marchaban autómatas. Se oían gritos, cánticos huérfanos que se perdían en el viento.
A ellos los dedos pálidos ya les dolían pero no se soltaron. Siguieron avanzando con la misma fuerza de pelotón que ostentaban los contrarios.
Por fin, al final de un callejón empedrado y resbaloso, distinguieron, iluminada por un único haz de luz polvorosa y casi anaranjada, la salida que estaban buscando.
Parados ya en el portal, empujaron juntos la hoja de vidrio oscurecido y se colaron lo más rápido posible al interior seco, cálido y silencioso. Atravesaron con pasos suaves y gentiles el hall de entrada y con un par de sonrisas de película se metieron en la sala de la planta baja. Todo estaba en ligera penumbra salvo por un parpadeo blanco que formaba el camino por el que ahora ellos flotaban.
Llegaron hasta el fondo y con cuidado ocuparon dos butacas de pana roja. Se acurrucaron, tiritando por el frío y la humedad de sus ropas. Se hicieron chiquitos y, todabia agarrados de la mano, disfrutaron el silencio ingrávido, la paz perfumada de soledad.
Sonrieron en secreto. En medio de tanta nada, podían serlo todo.

 

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