Para Zelda

“Se cuanto diste. Se cuanto esperaste. Se lo que teníamos y también imaginé, entre penumbras, lo que pudimos haber tenido. Se que fue un comienzo atropellado. Demasiadas coincidencias hacen que los pares choquen. Tu genio, tu éxito, lo sabes, me asustaban. Nunca quise ser tu reflejo en un espejo que me omitía. Mucho menos tu sombra. Vos querías que triunfara a tu manera, y eso también me agotaba. Se que me amabas. Confieso que durante lo que duro mi pobre existencia física no logré entenderlo. Vivía confundiendo realidades y tus dedos apropiándose de mis diarios no ayudaban. ¿Cómo era posible dar tanto, dejar todo, por una loca agobiada, envidiosa y borracha?, diría Ernesto. Ya se, me dirás que no era así, que siempre fui muy dura con él, conmigo y con vos también. Pero ahora que el dolor se ha ido, ahora que puedo verte sin velos, sin telones, me quiebro aún más de dolor. Mi enfermedad fue tu perdición. Tus palabras nunca volvieron a ser bellas. Tu alma al mejor postor. Y ya en la cumbre de la mediocridad que significa rematar la sensibilidad, no escuchaste a nadie. Siempre tan ciego. Tan vos. Hubiéramos podido tener el mundo. Lo sabes. Juntos, podríamos haber conseguido todo. Pero nunca fuimos pares. Vos conmigo y yo…
Aún así te ame, como Daisy amó a Gatsby, Por siempre jamas.”
                                                                                  ****

Siempre pensé que algo así podría haber sido una buena carta de despedida de Zelda a Scott Fitzgerald. Nunca es tarde para decir adiós.

Escriarte.

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