El sol se suicidó

 

El disco sale girando y  me empiezo a relajar. Suelto los brazos. Dejo de sostener los hombros. Doy algunos pasos al costado, de un lado al otro, balanceándome el peso entre mis pies descalzos. Dejo caer también la cabeza. No miro al suelo, pues cierro los ojos y la voz que escupen los parlantes, grave, decadente, honesta, agotada, se me va pegando a la piel como tatuaje de gena. Las baldosas están frías y siento que me pego a ellas cada vez que intento hacer volar una pierna  en torno a mí, en un giro que no se parece a ninguno sino solo a la forma de esa voz en el ambiente. Se forman ondas caleidoscópicas que se mantienen dinámicas y acompañan los movimientos errantes que ahora el cuerpo decide, emancipado de mí por un rato. Yo tan leve que ni me siento y un paso atrás que choca contra tu cuerpo aparecido de la nada. Me quedo inmóvil, sin siquiera respirar. Te espero. A vos y a tus brazos que me sostienen, que me atrapan. Te dejo hacer. En cada punto capital de la humana existencia estas ahora y el pelo me estorba el camino a tu boca. Lo aparto y entonces me quiebro. Me deshago en trozos que te copian cada mueca, cada contracción. Ahora las ondas y la voz nos envuelven juntos, y el calor derrite el piso en el que ya no me paro porque floto elevada por tus brazos. El disco se detiene pero no importa. El mundo se redujo a tu mano en mi cintura y al dolor de la pausa entre los besos. De repente, el sol se suicidó.

 

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