Llegar a acurrucarse

Una melodía de campanitas navideñas sonó a lo lejos, en la espesura de la noche filtrándose por entre las tablitas de la persiana, atravesando las cortinas de voile, inundando de pronto la oscuridad. Sofia dormía, o levitaba, en ese sueño denso y constante de los eternos, de los seres en quienes la vida no hace mas que reflejarse, sin alterar su naturaleza de mito, legendaria.
Al principio no advirtió el tañido. Sonreía. Debía ser un sueño feliz. Tampoco escucho la puerta, que al abrirse lentamente hacia bailar el campanario que colgaba del marco. No sintió los pasos, pesados, amortiguados por las suelas de goma. El llegado se esforzaba en silenciar sus movimientos, temiendo ser culpable del abrupto despertar de la sabiduría. Se acercó a ella en puntas de pie, ya descalzo. La observo un instante. No dejaba de maravillarse con la sonrisa onírica que desplegaba únicamente en la inconsciencia. Dejó escapar un suspiro infinito, ahogado y ya sin aire en el cuerpo se acurruco junto a ella que ahora, sintiendo el calor en su espalda, pudo por fin percibir su presencia. La noche se volvió mas profunda, mas oscura y sin embargo, la luz que exhalaban los cuerpos la hacia mucho mas leve. Inmortal. 

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