Porteñito

¡Linda!, escuche a lo lejos, como un murmullo desordenado que me llegaba por encima del hombro izquierdo. Nunca me doy vuelta. Camino siempre apurada y cruzo la calle para llegar al subte. A medio tramo de escalera una mano abrazó mi campera. Casi sin mirar me corro a un costado, me safo de tu abrazo, que no sabia que era tuyo y escapé. Bajé a tropiezos y el molinete me rescato. Vos de un lado y yo del otro. Recién ahí te veo y te reconozco. Pierdo un tren, o quizás dos. El tiempo ya no significa nada. El espacio es lo que ahora importa. Te bastaba cruzar pero no lo hiciste. Estiraste la mano y no alcanzo. Me perdí un momento en tu cara de miedo. Supe de inmediato que se me venían abajo todos los estantes. Vos de un lado y yo del otro. Otra vez el ruido a metal que grita injuriado. Los faroles que se acercan haciéndose lugar a través del túnel. El tiempo. Las puertas se abrieron y entre. Te bastaba cruzar, pero no lo hiciste. Si hubiéramos tenido un piano de fondo, habría sido un gran final.

Publicado por Natalia Amendolaro

Buenos Aires, Argentina. 1990 Lectora voraz. Escritora de servilletas. Periodista cultural. Autora del blog Escriarte y del libro "Resultó que éramos libres" Colabora en la revista Liberoamerica, Sonámbula y el portal de noticias Realidad Sanmartinense. En la búsqueda permanente de nuevas formas de unir arte con palabras.

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