Porteñito

¡Linda!, escuche a lo lejos, como un murmullo desordenado que me llegaba por encima del hombro izquierdo. Nunca me doy vuelta. Camino siempre apurada y cruzo la calle para llegar al subte. A medio tramo de escalera una mano abrazó mi campera. Casi sin mirar me corro a un costado, me safo de tu abrazo, que no sabia que era tuyo y escapé. Bajé a tropiezos y el molinete me rescato. Vos de un lado y yo del otro. Recién ahí te veo y te reconozco. Pierdo un tren, o quizás dos. El tiempo ya no significa nada. El espacio es lo que ahora importa. Te bastaba cruzar pero no lo hiciste. Estiraste la mano y no alcanzo. Me perdí un momento en tu cara de miedo. Supe de inmediato que se me venían abajo todos los estantes. Vos de un lado y yo del otro. Otra vez el ruido a metal que grita injuriado. Los faroles que se acercan haciéndose lugar a través del túnel. El tiempo. Las puertas se abrieron y entre. Te bastaba cruzar, pero no lo hiciste. Si hubiéramos tenido un piano de fondo, habría sido un gran final.

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