Los ojos de Ester

La silla de siempre, balbuceo Emilio, lleno de hastío. La maldita silla que le lastimaba la cintura. Buscó acomodarse apoyando ambas manos en la butaca de pana roja y haciendo fuerza. La luz ya era perfecta. La temperatura era ideal. El silencio lo envolvía y lo protegía de sus propios pensamientos. Sin perder mas tiempo, puso los pinceles en remojo y ajusto el bastidor. Desde hace mucho sufría una apasionada obsesión con el color azul. Tan frío, tan calmo, como el océano, o el cielo, o las aguamarinas, o los techos griegos, o los ojos de Ester. Ella, la fuerza gravitatoria que movía su mundo desde tiempos inmemorables. Su retrato, que había ocupado el angulo izquierdo de la mesa de trabajo por décadas y que fue pintado a partir de un recuerdo. Singular. Un único recuerdo tan poderoso que había contorneado la vida de Emilio para siempre. Esbozó las primeras pinceladas. Lineas curvas, suaves, delicadas. Los trazos de un rostro que lo observaba sin tregua, que lo rodeaba, insistente, desde cada rincón de la habitación. El rostro de esa maldita mujer que vio tan solo una vez y cuyo embrujo bastó para arrastrarlo a su miserable destino. Emilio llevaba treinta años pintando ese mismo rostro deseando encontrar en sus temibles ojos turquesa, algo de paz.

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